Clarín.com » Edición Domingo 17.06.2001 » Zona » Primer Mundo grasa
TENDENCIAS
Primer Mundo grasa Jeremy Rifkin
Nunca en la historia del hombre hubo tantos excedidos de peso como se registran ahora en los países y sectores más acomodados. En su último libro Ecocidio, Rifkin, analiza el fenómeno. De allí es el texto que sigue.
JEREMY RIKFIN. Economista.
Después de haberse ganado el ingreso al círculo exclusivo de los carnívoros, los pueblos comienzan a asimilar la grasa que comporta cada nivel de la escala de las proteínas. Las culturas del bife del hemisferio septentrional son gordas y en muchos casos, obesas.
Sobrepeso y obesidad fueron asociados durante mucho tiempo a bienestar y poder. Entre algunas tribus de Africa occidental, los adolescentes de las clases privilegiadas viven en cabañas especiales de engorde, donde, por un período que dura hasta dos años, son hiper-alimentados con miras al matrimonio. En la Roma imperial, la obesidad estaba tan difundida que el gobierno se vio obligado a promover una ley para limitar las sumas de dinero que podían gastarse en comida y el número de comensales que se podía invitar a un banquete. En la Edad Media, la glotonería era más bien común entre los nobles, que la consideraban un signo tangible de bienestar. La iglesia, en cambio, desaprobaba la glotonería y la consideraba un pecado, aunque venial. En el Infierno de Dante, uno de los doce días está reservado a los golosos. En el Renacimiento, la nueva riqueza se expresaba también a través del cuerpo: los artistas de la época retrataban con frecuencia a mujeres obesas, envueltas en géneros preciosos, en interiores decorados lujosamente; una modelo, para poder llegar a ser retratada por Rubens, debía pesar por lo menos 90 kilos.
En las colonias estadounidenses, los puritanos impusieron a los primeros colonos una actitud tendiente al ascetismo, oponiéndose a los placeres de cualquier índole. Pero esta raíz ascética no bastó para frenar los apetitos de las sucesivas generaciones de inmigrantes, atraídos por las riquezas de un continente generoso. La época posterior a la guerra civil se caracterizó por un desarrollo y un crecimiento sin precedentes: los hombres se enriquecían y celebraban la conquista de la riqueza librándose a todos los excesos posibles. Tal vez no sea casualidad que la "era de la corpulencia" -como la definieron los comentaristas de la época- haya coincidido con el advenimiento de la cultura del bife. Alimentarse de carne bovina era un símbolo de la "buena vida", y, en las nuevas poblaciones, las "steak houses" se construían con la misma rapidez que las iglesias. Ya en los inicios del siglo XX, Estados Unidos había superado a Inglaterra en el consumo de bovinos. No sorprende, pues, que los estadounidenses, a fuerza de atiborrarse de carne llena de grasa de bovinos terminados a cereales, se hayan convertido en un pueblo de obesos. Según el Center for Disease Control, en Estados Unidos, más de 34 millones de individuos son gordos: en el Midwest y en el Sur el problema está levemente más difundido que en el Noreste y el Sudoeste. Otras investigaciones estiman que una cuota comprendida entre el 24 y el 27% de la población de Estados Unidos está excedida de peso. Aunque los factores que inciden son muchos el consumo de animales gordos es uno de los que más contribuye a la explicación del fenómeno. Desde el punto de vista de la tendencia, la población de todos los países industrializados occidentales está excedida de peso. Sin embargo, entre un país y otro existen diferencias.
Un análisis comparativo de las poblaciones de Estados Unidos, Canadá e Inglaterra, reveló que las diferencias de peso están fuertemente relacionadas con la riqueza relativa. La población de Estados Unidos resultó, en promedio, más gorda, seguida por la canadiense y la inglesa, lo cual llevó a los investigadores a inferir que la clasificación de estos tres países en base a la incidencia general del exceso de peso corporal corresponde a la del nivel relativo de bienestar.
En cuanto a la salud pública, lo importante es averiguar si el aumento de la prosperidad promovido por cada país implica en la población niveles aun más elevados de sobrepeso y de patologías afines. Nunca, en la historia, los hombres estuvieron tan excedidos de peso. Los pueblos que, en el hemisferio septentrional, se alimentan de carne bovina terminada a cereales están oprimidos por la grasa al punto de que, en el transcurso del último siglo, surgió con fuerza un nuevo fenómeno, que pasó a ser parte integrante de la cultura occidental: la dieta. Si bien es cierto que siempre se hicieron dietas para adelgazar, desde la antigüedad y en todas las culturas, estuvieron a menudo asociadas a la purificación y ligadas al ámbito religioso. La abstención de comer era una forma de sacrificio, una penitencia, un homenaje a la divinidad. Hoy, la gente sustituyó la divinidad por la propia imagen y en homenaje a ella se niega el alimento. Los estadounidenses gastan 5 mil millones de dólares al año en bajar de peso. La mayor parte de las personas que siguen una dieta para adelgazar señalan el aspecto físico y la belleza como factores motivadores de la renuncia. En encuestas realizadas a nivel nacional, el 44% de las mujeres americanas, y el 21% de los hombres declaró que quería bajar de peso.
Hoy, una de cada dos mujeres está a dieta "durante la mayor parte del tiempo". Prácticamente, la dieta pasó a ser una obsesión colectiva: más del 63% de las estudiantes secundarias de Estados Unidos -y un sorprendente 16,2% de los varones- admite que está haciendo dieta. En 1987, la revista Ms. señaló que "la mitad de las chicas de catorce años hace dieta". Los médicos sostienen que la idea de quemar kilos para ser más bellos comienza a manifestarse ya en niños de cinco años.
Esta fijación casi patológica por la delgadez hizo aumentar considerablemente la incidencia de los desórdenes alimentarios, como anorexia nerviosa y bulimia, entre las adolescentes de clase media y alta. La opinión pública presta gran atención a estos desórdenes alimentarios, pero cabe subrayar que la desnutrición voluntaria y el recurso ocasional a purgas han pasado a ser norma para la mayoría de las mujeres americanas, al igual que para un número discreto de hombres. En una investigación de la revista Glamour, que abarcó a 33 mil mujeres, "resulta que 50% de las lectoras que respondieron toma píldoras dietéticas alguna vez o con frecuencia; que 27% hace dietas líquidas; 18% toma diuréticos; 45% "ayuna". Increíblemente comunes son también las técnicas más drásticas, como la eliminación de la comida (a veces después de una comilona): 18% toma laxantes; 15% recurre al "vómito auto-inducido". Los antropólogos, sociólogos y psicólogos reflexionaron sobre las razones que, durante el siglo pasado, determinaron ese cambio en los criterios de belleza, robustez y delgadez: el paso de hábitos principalmente relacionados con la actividad agrícola a un estilo de vida determinado por el modelo industrial; el aumento de la urbanización; los medios de transporte y comunicación veloces contribuyeron a cambiar los hábitos sedentarios de la pequeña ciudad estadounidense.
El siglo XX fue el siglo del movimiento, de la preeminencia de la función sobre la estructura y de la energía sobre la materia. Un cuerpo voluminoso no es una imagen adecuada para el ritmo frenético de la vida moderna. El paso de las tecnologías industriales a las informáticas aceleró la transición de la fuerza bruta a la rapidez mental, del cuerpo a la mente. La gordura fue asociándose cada vez menos a la opulencia y más a la lentitud y la pesadez. Ser gordo comenzó a significar ser letárgico, lento, perezoso, duro de entendederas. En un mundo donde el cronómetro y los programas de trabajo, los principios científicos de la gestión empresaria y la eficiencia se habían convertido en el paradigma dominante, ser gordo significaba ser obsoleto. Si, anteriormente, gordura y opulencia habían sido signos de éxito, las nuevas generaciones eran más propensas a decir, como la duquesa de Windsor: "Riqueza y delgadez nunca son suficientes".
El cambio en la altura, el peso y las medidas de la famosa White Rock Girl -modelo de belleza americana- nos ilustra cómo, durante el siglo pasado, la imagen pasó progresivamente de la gordura a la flacura. "En 1894, el ideal era representado por una modelo de un metro sesenta y cinco, con sesenta y tres kilos, noventa y seis de caderas y noventa y tres de busto. En 1947, ya había bajado a cincuenta y seis kilos y en 1975 a cincuenta y tres, si bien su altura había aumentado a un metro setenta y cinco". Aunque la delgadez sea la norma a que aspiran la mayoría de los americanos y los europeos, la realidad es que, en todo el mundo, la gente acomodada es cada vez más gorda. Los pueblos del hemisferio septentrional son los herederos de seis mil años de alimentación a base de carne, que alcanzó su punto culminante en los abusos del siglo XIX: incapaces de conciliar su ansia atávica de grasa con la nueva imagen delgada y magra, quedan prisioneros de un exceso consumista, expiado con dosis masivas de purgantes. Un caso único en la historia de la humanidad.
(c) La Repubblica y Clarín, 2001. Por Jeremy Rifkin. Traducción de Cristina Sardoy
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